Llueve. Estaba oscuro. A mitad de camino, agua.
Pongo los limpias y durante unos momentos es aún peor que si hubiera dejado las gotas en el parabrisas.
No veo lo que hay delante, sólo sé que hay curvas.
Muchísimas.
Apenas si distingo la carretera.
Me asusto.
El miedo aparece como un relámpago. Y se acomoda mientras espero como que suene un trueno que sé que no va a sonar.
Paredes de rocas muestran sus estratos.
Casi perpendiculares al asfalto.
Millones de años de presión y paciencia.
Hoy la humedad les da un aspecto distinto.
Hoy brillan.
Noto como mi pie se quita del acelerador.
Aunque no haga falta.
Noto el volante, escucho la música que sigue sonando.
El aire frío que sopla el climatizador.
Caramelo de menta. Dulce.
Mis dientes mordiendo ligeramente el labio inferior.
Retomo el control.
Vuelve la calma.
Y vuelvo a ver la carretera.
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