viernes, 10 de julio de 2020

Análisis y control de impurezas

Tres
mil
seiscientos
treinta
y cinco
recuerdos por milímetro cúbico
agolpados en mi cerebro.

Capa a capa.

La inquietud de mañana.

Me doy cuenta.

Cierro las puertas.

Respiro.

Me doy permiso.

Duermo.

Aunque tarde en conseguirlo.

Mensajes de afuera

Y una vez más
me siento vacío,
confirmo que no tengo
ningún mensaje que dejar
Aunque no se si querría dejarlo,
de tenerlo.
Nada que decir.
No hay un allí
a donde ir
ni de donde volver.
Y si me apuras
tampoco hay un aquí
donde permanecer,
donde resguardarme
de las inclmencias
de la lluvia, de la tormenta
y de la gente.
Y el tiempo se detiene
y de puro iguales
ya no se
en qué lunes eterno vivo.
¿La vida, al final, era esto?
¿Gachas de avena?
¿Agua reposada fuera de la nevera para beber?
Incolora
inolora
¡insípida!
No hay nadie fuera.
¡nadie dentro!

lunes, 6 de julio de 2020

La vida sigue bajo el balcón


Balcón, Arquitectura, Fachada, Construcción



Aunque no sepas cómo, ni porqué,
la vida siegue pasando por debajo del balcón.
El camión de la basura.
La vecina del perrito.
El señor latino
que parece que ya lleva demasiadas cervezas de más,
para ser tan pronto,
y que grita un nombre de mujer
para que le deje entrar.
La gitana con toda la dignidad del mundo,
subiendo por sus zapatillas con cuña,
de las de estar por casa,
que en algún momento tuvieron plumas
de un falsísimo marabú.
El abuelo con su cachaba y su gorra de paño,
por el frío,
por el sol,
porque los abuelos siempre llevan gorra de paño,
regalo de sus hijos y nueras.
La mujer oriental,
la china,
empujando el carrito donde va su nena
y que arrastra al mayor al cole,
que parece enfadado en dos idiomas.
La tristeza infinita.
El frío de la mañana.


La vida sigue pasando
por debajo del balcón.


Aunque tú no te des cuenta.


Permiso


 Luna, Cielo, Luna Llena, Nubes, La Luna



Me doy permiso 
para sonreirle a la luna
y quedarme fascinado,
sin motivo,
como si estuviera tonto.
Me doy permiso
para sonreirte a ti,
seas quien seas,
como si fueras la luna.


Pero, sobre todo,
me doy permiso
para sonreirme a mi mismo,
no importa ni cómo esté,
ni de qué lado del espejo me encuentre.
Porque ese extraño que me mira
mientras me lavo los dientes
es, probablemente,
quien más lo necesita
y el que más se lo merece.